La magia del arte gráfico de Saul Bass

Cuando se habla de los mejores títulos de crédito de la historia del cine, es imposible no hablar del gran Saul Bass. Él fue quien los convirtió en un arte, en la épica antesala de presentación de una película o en el perfecto punto y final de la misma, más que en la tediosa e interminable lista de todos aquellos que había tomado parte en el rodaje.

Bass era un diseñador gráfico en el Nueva York de los años 40 que había trabajado haciendo impresiones para anuncios de películas de Hollywood cuando Otto Preminger le contrató para que diseñase el cartel de su nueva película, Carmen Jones (1954), el filme que lanzaría al estrellato a Dorothy Dandridge. Preminger quedó tan impresionado con el diseño de Bass que le pidió que se encargase también de los títulos de inicio de la película.

Preminger volvió a contar con él para El hombre del brazo de oro (1955). Al ritmo de la energizante Clark Street, de Elmer Bernstein, Bass creó una secuencia de apertura basada en sencillas formas geométricas que ya se ha convertido en un clásico.

Comenzaba así una exitosa carrera de más de cuatro décadas en las que Bass colaboraría con directores de la talla de Alfred Hitchcock, Stanley Kubrick, Billy Wilder y Martin Scorsese. Bass ha diseñado algunos de los posters más famosos de la historia del cine, pero también logos icónicos de la cultura popular estadounidense.

No obstante, si su nombre se ha convertido en uno de los más importantes de la época dorada del celuloide es por sus hipnóticos títulos de crédito. Ésta es una pequeña selección de nuestros preferidos.

West Side Story (Robert Wise & Jerome Robbins, 1961)

Bass abandonó sus tradicionales formas geométricas para crear unos títulos de crédito basados en pintadas en muros y paredes que encajaban perfectamente con el ambiente pandillero de la historia y que, al contrario de lo que solía hacerse por aquella época, fueron situados al final de la película.

Ocean’s Eleven (Lewis Milestone, 1960)

El glamour de Las Vegas reflejado en letreros de neón, juegos de azar y colores vibrantes. Sin duda la mejor manera de representar esta película convertida en una excusa de los integrantes del mítico Rat Pack para pasar un buen rato.

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El cabo del miedo (Martin Scorsese, 1991)

Aguas oscuras y reflejos misteriosos que anticipan el miedo y la tensión a los que vamos a estar sometidos con el remake de esta historia acechante y psicótica. Hay que decir que la música original de Bernard Herrmann también ayuda…

Anatomía de un asesinato (Otto Preminger, 1959)

¿Qué mejor banda sonora que el jazz de Duke Ellington para uno de los títulos de crédito más recordados de Saul Bass? Unos brazos, un torso, una cabeza, unas piernas… Una adaptación bastante literal del título de la película.

Vértigo (Alfred Hitchcock, 1958)

Primerísimos planos e imágenes de caleidoscopio para reforzar esa idea de vértigo interior y angustia existencial. Resumen perfecto en apenas dos minutos del metraje original en la película en la primera de las tres colaboraciones entre Hitchcock y Bass.

La vuelta al mundo en 80 días (Michael Anderson, 1956)

La secuencia final de la película ostenta el récord de ser una de las más largas y más caras de la historia del cine. Costó la friolera de 65.000 dólares, todo un récord en la época. Dinero bien empleado, eso sí, ya que estos siete minutos de animación bassiana son casi mejores que el resto de la película.

Casino (Martin Scorsese, 1995)

Scorsese volvió a contar con Bass para la secuencia inicial de una de sus películas más emblemáticas. Similares a los títulos de crédito de Ocean’s Eleven, Bass optó por darles un tono más épico, acorde con esta historia de dinero, poder, avaricia y asesinatos.

El mundo está loco, loco, loco (Stanley Krammer, 1963)

Sin duda uno de nuestros preferidos por reflejar a la perfección la locura y diversión de esta estupenda película de carreras alocadas y tesoros escondidos. Una de las mejores comedias de aventuras de todos los tiempos.

Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960)

Siguiendo con el minimalismo propio de la época, Bass deja recaer todo el peso dramático de esta escena inicial en la abrupta música de Bernard Herrmann y en la tensión visual creada por el rápido movimiento de los títulos de crédito.

Grand Prix (John Frankenheimer, 1966)

Sin ningún tipo de diseño ni de animaciones especiales, Bass consigue encapsular en apenas cuatro minutos toda la efervescencia del pit lane momentos antes del comienzo de una carrera del Grand Prix.

Artículo publicado originalmente en Paperfront Magazine el 8 de mayo de 2013.

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