Madrid somos todos

Cuando escribo estas palabras ha pasado casi un año y la herida todavía no ha cerrado, aún tardará mucho en cicatrizar. El día 11 de marzo de 2004 ocurrió el mayor atentado terrorista de toda la historia de España. Por desgracia, los asesinatos llevados a cabo por terroristas han estado durante muchos años a la orden del día en nuestro país. Pero nunca habíamos sufrido un atentado tan brutal y desalmado.

La mañana del 11 de marzo era una mañana cualquiera. Miles de personas que se dirigen al trabajo o los diversos centros educativos, cogen cada día la línea de Cercanías que va desde Alcalá de Henares hasta la estación de Madrid-Chamartín; es el llamado ‘corredor del Henares’. Nadie nunca hubiese presagiado lo que iba a suceder ese día. Cuatro trenes de Cercanías explotaron en las estaciones de Atocha, Santa Eugenia y el Pozo. Las cifras son claras: 15 bombas camufladas en otras tantas mochilas abandonadas en los vagones de esos trenes y 192 vidas arrancadas de golpe y perdidas para siempre en las vías.

Cuando me vine a estudiar a Madrid, hubo veces en las que me pregunté a mí misma cómo reaccionaría el día que se produjese un atentado en la ciudad. El terrorismo es una realidad en España, por lo que el hecho de que yo me plantease esto no era algo tan extraño. Nunca jamás imagine algo tan salvaje como lo que sucedió aquel día. Ya nos echábamos las manos a la cabeza cuando al principio oíamos hablar de 40 víctimas mortales; la cifra total fue devastadora. Madrid se había convertido en una tumba en apenas diez minutos.

Los primeros momentos estuvieron llenos de confusión. No sabíamos con exactitud qué era lo que había pasado, las noticias eran más terribles conforme iban pasando las horas y no se podía hablar con nadie por teléfono porque las líneas estaban colapsadas. Las sirenas de policía y bomberos, las ambulancias y los ruidos de los helicópteros sobrevolando la ciudad se convirtieron en un sonido constante e ininterrumpido. Mis compañeras de piso y yo estábamos muy conmocionadas por lo ocurrido, pero también preocupadas porque no sabíamos si nuestros amigos y compañeros de clase estaban bien, y tampoco podíamos hablar con nuestras familias para tranquilizarlas, especialmente mis dos compañeras de piso, que eran francesas. Las primeras horas las pasamos bien, dentro de lo que cabe, pero por la tarde, cuando fuimos realmente conscientes de la enorme magnitud de lo que había pasado, fue cuando nos derrumbamos. Ya no podíamos ver más imágenes en televisión, las lágrimas no nos dejaban, estábamos saturadas de un dolor ajeno que se nos figuraba cada vez más cercano. No conocíamos a todas esas personas, pero sentíamos que de algún modo formaban parte de nosotras, de toda la ciudad.

Yo vivía en Chueca, en pleno centro de Madrid, en una calle donde siempre hay mucho tráfico y gente por la calle. Ese día no se veía un alma; apenas unas pocas personas se animaban a salir a la calle, pero sus caras reflejaban el horror que estaba viviendo la ciudad. Madrid estaba de luto. Las personas se unen ante la tragedia, y esta terrible situación sacó lo mejor de la gente; por eso cuando se pidió sangre para los heridos, los madrileños acudieron en masa a las unidades móviles de donación repartidas por toda la ciudad. Por la noche se empezaron a ver en los balcones de mi barrio las primeras velas, las primeras pancartas de apoyo, las primeras banderas de España, los primeros crespones negros.

El día siguiente, viernes 12 de marzo, fue un día incluso peor que el anterior. Madrid rezumaba dolor por cada una de sus calles. Por si fuera poco, amaneció lloviendo; parecía que la ciudad lloraba por sus muertos. Era una situación muy extraña, porque estabas haciendo cualquier cosa, lo que fuese, no importa, y de repente te venía a la mente el recuerdo de la matanza de los trenes, como un mazazo directo al corazón. Y tenías que pararte, respirar hondo e intentar tranquilizarte, porque sentías como si una sombra fría hubiese pasado por tu lado.

Las manifestaciones de esa noche demostraron la enorme entereza con la que España se enfrenta al terror, lo harto que está todo el país de tanto dolor. La manifestación de Madrid fue la más multitudinaria, pero no por ello la más importante. Cada muestra de apoyo de cada español, aunque fuese desde el sofá de su casa, servían para reconfortar a las víctimas: España estaba con ellos. También se llevaron a cabo manifestaciones o concentraciones de ciudadanos en otras ciudades de Europa y del mundo; los familiares de mis compañeras francesas nos lo contaban. Hubo algunas pancartas muy significativas durante la manifestación de Madrid, algunas sólo pedían paz, otras exigían saber el verdadero responsable de los atentados. Había carteles de apoyo y solidaridad de las comunidades de extranjeros que residen en la ciudad (chinos, rumanos, ecuatorianos, argentinos, colombianos, polacos, peruanos,…), porque no olvidemos que los muertos y heridos de los atentados no fueron sólo españoles, sino también de otras nacionalidades. Pero quizá el rótulo más significativo, el que apareció más veces y no sólo en la capital, fue ‘Madrid somos todos’. Con él todo el país se unía por un mismo dolor y una misma causa: acabar para siempre con la política del miedo y el terror.

Yo me vine a Yecla al día siguiente; me era imposible aguantar un solo día más allí. Recuerdo el sombrío viaje en tren de vuelta a Madrid unos días después; las caras de la gente, como intentando no pensar en lo ocurrido días antes, recuerdo el silencio. Pero sobretodo me acuerdo de cómo se me saltaron las lágrimas al llegar a Atocha y ver todas esas miles de velas rojas, carteles, fotos, peluches, pancartas, flores, dibujos, pequeñas esculturas,…

El estigma del terror nos acompaña a los españoles desde hace más de treinta años, y aunque ninguno de nosotros desea que las generaciones futuras conozcan el lenguaje del miedo, no creo que las ‘operaciones de libertad duradera’ ni las llamadas ‘guerras preventivas’ sean la solución a ningún problema. Las bombas lanzadas sobre casas de civiles por marines de un país que se considera el ejemplo mundial de la libertad y la democracia, siguen siendo terrorismo para mí. Pienso también que la llamada Comisión del 11-M se convirtió en un circo político donde los representantes de los diversos partidos se lanzaron acusaciones mutuamente. Se olvidó el objetivo inicial para dar paso a un espectáculo vergonzoso. Es algo inmoral politizar el drama de miles de personas. Por suerte, Pilar Manjón tuvo el valor y la entereza suficientes para dar un toque de atención a los políticos, recordándoles que lo importante allí eran las víctimas, no el absurdo cruce de acusaciones entre las diversas ideologías políticas del país.

Madrid tardará mucho tiempo en superar la tragedia. Hace ya algunos meses salía del hospital el último de los heridos que seguía ingresado desde los atentados. Pero para ellos la pesadilla aún no ha acabado. Todavía queda gente con secuelas físicas y psicológicas, personas que ni siquiera pueden subirse a un tren de Cercanías por el pánico que sienten, gente que ha perdido a sus seres queridos para siempre. Pero deberemos estar eternamente agradecidos a toda esa gente que de forma desinteresada ayudó el día de los atentados: policía, bomberos, servicios sanitarios, gente de a pie,… Gracias a ellos la esperanza aún sigue viva en muchas personas.

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Artículo publicado originalmente en El Faro de Yecla el 10 de marzo de 2005.

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