Pentámetros yámbicos a ritmo de Radiohead

Romeo lidera una pandilla de matones, Julieta lleva una semiautomática y el bardo está en la línea de ‘Pulp Fiction’. Está todo calculado y funciona.

Éste fue uno de los ‘tag-lines’ que se utilizaron en España durante la promoción de Romeo+Julieta, y resume bastante bien el espíritu de esta poco convencional adaptación del clásico de Shakespeare. La película se nos presentaba como la última creación del visionario director Baz Luhrmann, y ciertamente lo era. Este realizador australiano se prodiga poco en el cine, pero cuando lo hace, nos asombra con pequeñas joyas como ésta, que recibió 13 premios internacionales, incluido el Oso de Plata para Leonardo DiCaprio en la Berlinale, además de otra veintena de nominaciones.

Desde que William Shakespeare escribiese la obra original en 1595, esta historia de amor imposible ha fascinado a muchas generaciones a través del tiempo. El cine no tardó en llevarla a la gran pantalla en 1900 de la mano del francés Clément-Maurice, a la que siguieron adaptaciones de directores tan prestigiosos como Lubitsch y Cukor. Pero sin duda la versión más famosa es el Romeo y Julieta que Franco Zeffirelli hizo en 1968 y que ganó dos Oscar. Cuando se anunció el rodaje de esta nueva adaptación, muchas fueron las voces escépticas que dudaron de la necesidad de revisionar un clásico tan trillado, especialmente puesto en manos de un director australiano que no era demasiado conocido más allá de los círculos de un cine que podría considerarse independiente y que tan sólo tenía a sus espaldas El amor está en el aire (1992), una cinta donde comenzó a madurar la que después sería su seña de identidad cinematográfica.

Pero Baz Luhrmann se salió con la suya y, en colaboración con el guionista Craig Pearce, consiguió poner en escena su propia visión de la historia. Para ello contó con un elenco de actores inmejorables, entre los que destacan Leonardo DiCaprio (Romeo), Claire Danes (Julieta), John Leguizamo (Tebaldo), Harold Perrineau (Mercucio), Dash Mihok (Benvolio), Pete Postlethwaite (padre Lorenzo), Paul Sorvino (Fulgencio Capuleto), Brian Dennehy (Ted Montesco), Paul Rudd (Paris), Dianne Venora (Gloria Capuleto), Christina Prickles (Cristina Montesco) y Miriam Margolyes (ama).

La película resultó ser innovadora en muchos sentidos y, aunque algunos la acusaron de poco ortodoxa, lo cierto es que Romeo+Julieta combina a la perfección un respeto absoluto hacia el texto original de Shakespeare con una estética de videoclip y una ambientación totalmente actual. Baz Luhrmann consiguió dotar al conjunto del filme de una coordinación excelente entre texto e imagen, de tal manera que, a pesar de lo discordantes que a primera vista puedan parecer ambos, en ningún momento se tiene la sensación de que resulten disonantes. El impacto visual aportado por Luhrmann se complementa a la perfección con la fuerza de las palabras de Shakespeare. Quedó así sobradamente demostrado que la historia que se cuenta es tan viable en el siglo XVII como en el siglo XX, que (aunque resulte muy manido decirlo) los temas que trata son universales y atemporales, y que encajan tanto en la sociedad burguesa del periodo isabelino en Inglaterra como en la opulenta sociedad de la California de finales de los 90.

A pesar de mantenerse fiel al texto original, Luhrmann optó por un escenario urbano y actual, enmarcando la historia en una ciudad violenta y decadente, una ficticia Verona Beach con claras alusiones a ciudades como México D.F., que, de hecho, fue donde se rodó la película. Dentro de ese marco de violencia, las escenas entre Montescos y Capuletos suceden a ritmo de videojuego, encarnando a las dos familias en los personajes completamente antagonistas de Tebaldo Capuleto y Benvolio Montesco. El primero, como un chulo impulsivo e iracundo cuyo narcisismo sobrepasa límites impensables; el segundo, como un buenazo que se ve desbordado por la furia del conflicto entre ambas casas. Y es que realmente las únicas escenas ‘tranquilas’, por así decirlo, son aquellas en las que aparecen a solas Romeo y Julieta. Ellos aportan tranquilidad al caos que les rodea; todo se desmorona a su alrededor, pero aún así ellos viven un amor puro y sincero.

Luhrmann necesitaba rodear los hechos de una atmósfera que tuviese la misma fuerza que las palabras de los personajes. Y así, como si fuese una fotografía de David LaChapelle, el equipo de dirección artística de Bazmark creó una estética barroca y sobrecargada, acorde con la pasión que evoca la historia y que le valió una nominación al Oscar. Uno de los mejores ejemplos de esa estética de opereta se puede observar al final de la película, en la escena del mausoleo de los Capuleto, con miles de velas y flores rodeando el altar donde está el cuerpo de Julieta; en la propia habitación de Julieta, atestada de estatuíllas de vírgenes y santos; o en la fiesta de disfraces de los Capuleto, una celebración excéntrica, totalmente hedonista y decadente. Y es que dentro de esta historia, el componente religioso se muestra en un aparente pero constante segundo plano que resulta ser esencial en el desarrollo de los acontecimientos. Además de los ejemplos ya mencionados, resulta llamativo ver imágenes de santos y cristos en lugares tan inhabituales como los coches, las culatas de las pistolas o la ropa. Es curioso mencionar también que los nombres de las pistolas de los personajes aluden a tipos de armas blancas; el arma de Mercucio se llama ‘daga’, la de Benvolio ‘espada’ y la de Tebaldo ‘estoque’.

También hay alusiones claras a la figura de Shakespeare, como el nombre de los billares a los que van Romeo y Benvolio, The Globe, el nombre del teatro donde el dramaturgo inglés solía representar sus óperas. También se pueden apreciar alusiones a su figura en las frases publicitarias de muchos de los carteles que aparecen en las calles a lo largo de la película, y que son citas de algunas de sus obras: “Shoot forth thunder’, de Enrique VI o “Such stuff as dreams are made on”, de La tempestad, por ejemplo.

Para complementar ese frenetismo en la acción visual, la música adquiere un papel fundamental. Nelle Hooper, en colaboración con Craig Armstrong y Marius de Vries, creó una banda sonora potente que se adaptaba adecuadamente a la fuerza de lo que se veía en pantalla. Como consecuencia de esa dualidad entre palabras e imágenes, Hooper incluyó composiciones clásicas de Wagner o Mozart (dramáticas, corales, barrocas, propias de una ópera) al mismo tiempo que canciones de grupos punteros del pop-rock de los 90 como Radiohead, Garbage o The Cardigans. Aún así, el verdadero centro musical de la película es un preciosa balada de Des’ree llamada Kissing you.

Uno de los elementos más interesantes que incluyó Luhrmann y que supo aprovechar muy bien para narrar el desarrollo de la historia, fue el de la creciente importancia de los medios de comunicación en la sociedad actual. La voz que introduce y cierra la película, lo que vendría a ser el narrador en una obra de teatro, es la voz de una presentadora de televisión que, en pentámetros yámbicos, eso sí, nos da paso a la historia. Se trata, sin duda, de una alusión a ese sensacionalismo amarillista que nos rodea.

Se trata, por tanto, de una película innovadora y vanguardista como pocas, que nos da una visión diferente de la historia de amor más clásica de todos los tiempos. Baz Luhrmann corrió el riesgo de pegarse un gran batacazo cinematográfico, y sin embargo consiguió crear una película poderosa y deslumbrante, basada muy sólidamente en las impecables interpretaciones de un electo de actores excepcional y en la excelente labor del equipo técnico y artístico.

Artículo publicado originalmente en Okupa en enero de 2000.

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