Recuerdo que…

Desde que tengo uso de razón, en mi casa siempre se han celebrado las Fiestas de la Virgen de manera significativa, probablemente porque eso conllevaba también la llegada del santo de mi madre, Concha. Cuando me acuerdo de cómo pasaba las fiestas cuando era pequeña, hay dos sensaciones que acuden a mi mente de inmediato: la primera es el olor de la pólvora que, mezclado con esa limpieza pura del frío, me recuerda mis raíces yeclanas vaya donde vaya; el segundo es el sabor dulzón de los ‘libricos’, las peladillas y las galletas de coco que mi abuela Paca nos traía siempre para matar el hambre mientras esperábamos que llegara la Virgen a la puerta del Castillo el día de la Subida.

Estos recuerdos más vívidos se enlazan a la vez con otros, tejiendo así una amplia colección de acontecimientos pasados. La pólvora me recuerda a mi abuelo Teófilo, que fue ‘cargaor’ muchos años, y cómo se le humedecían los ojos cada vez que veía pasar a la Virgen. No era un hombre especialmente religioso, pero ante su Patrona todo era distinto y se emocionaba hasta la médula. Me acuerdo también de esas comidas con la familia de mi padre en casa de mis abuelos, Pepe y Ramona, que se llevan celebrando cada domingo de la Subida desde que tengo memoria.

Como ya he mencionado antes, el Día de la Virgen era un día especial porque celebrábamos el santo de mi madre y venía toda la familia a casa. Pero lo mejor del día, o al menos lo que más ilusión me hacía a mí cuando era pequeña, eran los ‘castillicos’. Me encantaba ver la carcasa de fuegos artificiales apostada con mis padres y mi hermana en la calle San José, la nariz y las orejas heladas de frío, mientras oía a miles de personas gritar “¡Oooohhhh!” al ritmo de los ‘castillicos’.

Pero si hay algo que recuerdo con especial cariño sobre las Fiestas, fue el día en que me auguraron qué iba a ser de mayor. Era el día de la Bajada y mis padres y yo estábamos en el bar La Zaranda esperando a que pasase la Virgen por el Ayuntamiento para bajarnos al Atrio a ver las ‘arcas cerradas’. Yo estaba jugueteando por ahí, corriendo de un lado para otro como cualquier niño pequeño. De repente un hombre mayor con una gran barba blanca y una gorra negra se me acercó y me preguntó cómo me llamaba. “Pues Raquel”, le respondí yo, con ese desparpajo propio de la infancia. “¿Y cuántos años tienes?”, “Cinco, cumplo seis el año que viene”. A lo que él replicó divertido: “¡Huy, que niña más despierta! Esta niña será periodista, como yo”.

Cuando salimos de allí, mis padres me explicaron que ese hombre era un escritor yeclano muy importante, y que se llamaba José Luis Castillo Puche, pero como yo era tan pequeña no le di mucha importancia. Quién me iba a decir a mí que años después acabaría estudiando en el instituto que lleva su nombre y que me iría a Madrid a estudiar la carrera de Periodismo en la misma facultad donde él dio clases de Redacción Periodística durante años. Ahora no puedo evitar sonreír cada vez que me acuerdo de que el gran Castillo Puche supo antes que yo a qué me iba a dedicar en el futuro.

Felices Fiestas de la Virgen a todos los yeclanos, tanto a los de aquí como a los repartidos por todo el mundo.

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Artículo publicado originalmente en El Faro de Yecla el 15 de diciembre de 2005.

Periodismo | Comunicación | Social Media

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