Una vida dedicada a la enseñanza

Carmen Ortín Marco no sólo se ha ganado a pulso ser una de las figuras más importantes del panorama social y cultural de Yecla (Murcia), sino que ha sido una de las pioneras del feminismo más noble e inteligente: el basado en el talento, el trabajo bien hecho y el prestigio personal.

El historiador yeclano Fausto Soriano Torregrosa publicó en 1950 un libro titulado Historia de Yecla, en el que se recogía estadísticamente el dato de una sola mujer con el grado universitario de licenciada. Según afirmaba el propio autor, esa mujer era Carmen Ortín Marco. Para ella es una gran satisfacción haber sido pionera en algo tan importante como la enseñanza, puesto que en aquellos años no era muy frecuente que las mujeres de los ámbitos más rurales, como era el caso de la Yecla de entonces, realizasen estudios superiores.

Carmen y su esposo, el cronista oficial de Yecla, Miguel Ortuño Palao, viven en una casa de dos plantas situada al comienzo de la calle que lleva el nombre de él: Historiador Miguel Ortuño. Como Carmen ya no tiene tanta facilidad como antes para bajar las escaleras, Miguel siempre tiene que ayudarla. “Carmencita, que te estás haciendo vieja”, le dice afectuosamente mientras bajan. El despacho del matrimonio es una habitación repleta de libros: en las estanterías, por el suelo, sobre el sofá y en las mesas. Carmen se queja cariñosamente: “En esta casa hay libros por todas partes, hasta en los dormitorios hay libros sobre las camas”.

De Yecla por nacimiento y ascendencia, Carmen es ante todo yeclana de corazón, “en cuerpo y alma”, como ella misma afirma. Si de algo presume y se enorgullece es de sus raíces y de haber pasado toda su vida en el pueblo que la vio nacer. “Mira si seré yeclana que en los últimos años de docencia todo el mundo me llamaba Dña Concha, y yo decía ‘¿Pero será posible?’. Y un día le dije a una alumna: ‘Mira, es precioso el nombre de Concha, pero es que yo me llamo Carmen’. Y me dijo: ‘Pero como es usted tan yeclana que le decimos Concha, como la patrona'”.

Nacida en 1925, Carmen tiene muy buenos recuerdos de su infancia: “Me acuerdo hasta de amigas que tenía entonces, porque se jugaba en la calle; no pasaban coches y jugábamos en las puertas de las amigas”. Ya entonces empezó a ir al colegio de la Inmaculada, “a las monjas, que nosotros decíamos”. El colegio le gustaba: “Hacíamos labores, te enseñaban a leer, a escribir, llevábamos pocos libros y jugábamos mucho”. A pesar de que vivió una época en la que la mayoría de los jóvenes comenzaban a trabajar a una edad temprana para aportar dinero a la economía familiar, sus padres, Antonia y Paco, quisieron que ella estudiara “como ellos decían ‘una carrera de importancia'”. Así pues, Dña Carmen inició sus estudios de Bachillerato, que pronto fueron interrumpidos por la Guerra Civil. Desde el principio demostró tener una especial inclinación por las Lenguas Clásicas: “Eso fue por el profesor que teníamos aquí en el instituto, Luis Sánchez Navarro, un seminarista que cantó misa enseguida. Me enseñó muchísimo, me inculcó mucho el amor por las Letras Clásicas”. En este punto su marido Miguel se permite hacer un apunte: “Era la más lista de la clase. Su profesor, Sánchez Navarro, les dijo a los miembros del tribunal de examinadores de Murcia, que estaba lleno de grandes figuras como Sánchez Moreno o Andrés Sobejano, que su alumna podía hacer el examen hablando en Latín. Todos se quedaron asustados, porque el único que sabía hablar Latín bien era Sobejano. Aún así, hizo el examen en Latín y le dieron la Matrícula de Honor, claro”.

Aunque su ilusión era cursar Letras Clásicas, tuvo que optar por la Licenciatura en Historia al conseguir una beca para estudiar en la Universidad de Valladolid. La beca se la concedió el rector de dicha Universidad, el arqueólogo yeclano Cayetano de Mergelina, en cuya casa estuvo viviendo durante algún tiempo. También por aquellos años realizó Carmen estudios de Enfermería. Pero solamente realizó los estudios teóricos; los prácticos no los llegó a concluir: “Me desmayé y ahí se acabó la enfermería”.

El mismo año que acabó la carrera, en 1948, comenzó a impartir docencia en Yecla. Primero en el Colegio Politécnico Calasancio y ya en 1950, en el Colegio de las Escuelas Pías o de los Padres Escolapios. Años después daría clase en el Colegio de La Inmaculada, el mismo al que ella había asistido de pequeña. Finalmente pasó a formar parte del recién creado Instituto Nacional de Enseñanza Media, donde permaneció hasta su jubilación y del que fue durante once años Directora Técnica. Además de todo esto es Catedrática de Latín. Es la profesora que más años ha estado impartiendo docencia ininterrumpidamente en Yecla: 42 años y tres meses. “Son muchos alumnos, casi 5.000. A veces he dado clase a tres generaciones de la misma familia”. Sonríe al decir que algunos de sus alumnos han seguido sus pasos y hoy en día son profesores de Latín, pero añade que tiene ex-alumnos de todos los ámbitos sociales y que a todos los recuerda con mucho cariño.

A pesar de que nunca se cerró a otras actividades, hablando con Carmen se evidencia que su faceta de profesora es la que más satisfacciones le ha proporcionado a lo largo de su vida: “Yo lo hice por vocación, y creo que he tenido recompensa”. Afirma que nunca ha tenido problemas serios con los alumnos, sólo los normales: que si la han desobedecido, que si comen chicle, que si han faltado a clase,… “Pero algunos me ponían tales excusas, graciosísimas, que a mí me daba por reír y no podía castigarlos. Yo creo que las sacaban de algún libro de chistes”, explica divertida. Reconoce que ha tenido más problemas con compañeros que con los alumnos. “Con todos los alumnos me he llevado muy bien. Y lo noto porque ahora voy por ahí y me llaman, me saludan,… Me han recordado, y creo que muchos no sólo me respetaban, sino que creo que me querían de verdad”. Durante sus clases solía recoger en una libreta los disparates que decían los alumnos al traducir frases latinas: “Algunos es que decían verdaderas barbaridades, pero graciosísimas. Por ejemplo: ‘ultimátum’, y uno decía: ‘el último atún’. Los viernes al acabar la clase yo siempre decía: ‘Finis coronat opus’, y mandaba traducir a uno, y me decía: ‘Hasta el lunes no damos ni golpe'”.

Una intensa vida de docencia no supuso cerrase a otras actividades relacionadas con sus profundas convicciones religiosas o con sus amplias inquietudes intelectuales. Ingresó pronto en la entonces Acción Católica, cuya insignia le fue impuesta por el Arzobispo de Valladolid, y en 1954 ganó el Premio Nacional de las Hijas de Maria por su trabajo sobre advocaciones Marianas. Del mismo, modo colabora desde hace años en la revista-programa de las Fiestas de la Virgen y de Semana Santa, con especial predilección por los temas marianos. “Soy creyente practicante, pero creo que eso es un poco fanfarronería mía. Me creo que porque voy a misa y porque rezo… pero creo que tendría que hace más cosas, ser más comprensiva con mucha gente,…”, dice Carmen.

Recientemente, Carmen y su marido Miguel han escrito un libro sobre las calles de Yecla, y hace algunos publicaron también conjuntamente un diccionario del habla de Yecla. Lo que más ha escrito Carmen son artículos, y también biografías sobre Cayetano de Mergelina, Gratiniano Nieto, Pilar Polo,… Pero sus trabajos más importantes son sus dos artículos dedicados a dos de los más grandes escritores vinculados a Yecla: José Martínez Ruíz ‘Azorín’, con La lengua latina en Azorín, y El poso del Latín en Castillo-Puche, sobre el fallecido autor de Con la muerte al hombro, del que, tanto ella como su marido eran grandes amigos. Otro de sus logros fue traducir en la revista Yakka, que edita la Casa de la Cultura de Yecla, un discurso del Padre Lasalde que no se conocía en castellano. “Luego me dio por escribir artículos de humor, pero no me toma la gente en serio. “Con 70 años empecé a aprender a usar el ordenador y escribí un artículo tomándome esto en broma. Conté que mis hijos se reían de mí, porque les decía que para los Reyes quería una silla para el ordenador. Y me decían que, como me había vuelto tan moderna, me iban a regalar una silla eléctrica. Y la gente me decía: ‘¿Y cómo sus hijos le dicen esas cosas tan terribles?’, y les contestaba: ‘Sí, a ver si se cree usted que me van a electrocutar'”.

Carmen y Miguel llevan juntos toda la vida. Resulta difícil hablar de uno sin hacer referencia al otro, viven el uno para el otro. Se conocieron cuando ambos se preparaban para ingresar en el instituto y se hicieron novios en el segundo año de carrera, cuando ella estudiaba en Valladolid y él en Valencia: “Cartas van y cartas vienen, porque el teléfono sólo se podía utilizar si era algo urgente. Pero así hacíamos redacciones”. Tuvieron cinco hijos: Miguel, Fernando, María Paz, Ignacio e Inmaculada. “Son muchos años que nos conocemos. Llevamos casados 52 años. El cincuenta aniversario fue terrible, estaba mi hija muriéndose”. Su hija Inmaculada falleció hace unos meses, y por un momento Carmen se emociona y deja de hablar. Pero enseguida hace acopio de fuerzas y sigue contando cómo conseguía compaginar su faceta de profesora con la de madre y esposa: “Trabajando mucho, porque yo era muy ‘madrera’ y me gustaba mucho cuidar a mis hijos y ser yo quien le inculcara sus ideales y no que fuesen otros. Yo estaba muy encima de ellos. En mi casa se hacían los deberes todos lo días, aunque los tuviera que hacer yo. Me acuerdo que el más pequeño volvía de clase a las tantas, y en invierno de noche. Merendaba, se ponía a hacer los deberes y se dormía, y entonces se los hacía yo. Porque le ponían demasiados, yo sabía que hay un límite. Se los hacía yo y se despertaba tan contento. Mi pequeño era graciosísimo. Cuando alguna vez lo castigaba, aunque pocas veces lo he hecho, me decía: ‘Doña Carmen, que no lo haré más'”. Agradece lo mucho que la ha ayudado su familia, en especial su suegra, que se quedaba con los pequeños si alguno de ellos estaba enfermo. Carmen reconoce que los tiempos eran distintos, porque se trabajaba más y con menos medios que ahora. “Pero éramos felices”, apunta. “Luego dicen: ‘Con las pocas libertades que había…’. Yo no necesitaba más. Hice lo que quise, estudié lo que quise, saqué la oposición, mis hijos se portaban muy bien,…”.

Aunque finalizará 2005 alcanzando los ochenta años, nunca ha dejado de trabajar. Todas las mañanas se levanta temprano para escribir artículos o preparar nuevos libros. Carmen Ortín Marco se ha convertido por méritos propios en una figura de gran prestigio en el panorama cultural de Yecla, y a pesar de sus años y de los inevitables achaques de la edad, sigue gozando de una vitalidad envidiable.

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Entrevista publicada originalmente en El Faro de Yecla el 21 de julio de 2005.

Periodismo | Comunicación | Social Media

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